16
Jun
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La voz fluía suavemente. Los espectadores me animaban trazando olas con un movimiento de brazos al unísono. Los focos casi me cegaban. Me sentía perfectamente identificada con la canción. Sentía el extraño efecto de la catarsis. Mi voz se fundía en el complejo entramado que iba desde el micrófono hasta los altavoces. Éstos retumbaban… hasta que la voz melódica se transformó en otra que agonizaba. Noté que la ola de brazos desapareció y en su lugar apareció una nube de caras que expresaban una mezcla de extrañeza, preocupación y decepción. Llevaba unos segundos preguntándome qué pasaba cuando desde lo más profundo de mi subconsciente sonó la alarma: la voz que agonizaba era la mía. Me había quedado afónica. La constelación de ojos seguía pendiente de mí. Él micrófono resbaló de mi mano, haciendo un gran estruendo cuando llegó al suelo. A lo que me dí cuenta ya no estaba en el escenario.

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