Año 1860. El escritor se encerró en su estudio. Eran algo más de las 6 de la tarde. Había tomado un té. Estaba tranquilo y a la vez inspirado. Decidió entonces, escribir algo original. Se acomodó, mojó la pluma y se acercó al papel. Tras unos segundos, en el papel había una gran gota de tinta. No había palabras. El escritor sale de su letargo para mirar la figura que se había formado. Tenía un mal presagio. Aquel gran punto negro sobre el papel blanco le hipnotizaba. Largo rato después, alguien ve salir al escritor de su estudio, desesperado. Tenía las manos en la cabeza, con gesto de preocupación. Desapareció por la puerta. Salió a buscar ideas. Ideas originales, de esas que nadie ha usado todavía. Pero se desesperó aún más cuando comprobó que a lo largo de la historia ya estaba todo dicho.

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