Creo que me voy a ir yendome – dijo.
Uno de esos momentos en los que no había nada que decir. Todo tranquilo. Rutina. Nada que contarse. Nada interesante. En realidad, tampoco sucedía nada.
Cuando al abuelo le preguntó uno de sus pocos vecinos del pueblo qué tal le había ido, miró al infinito y no contestó.
Se miraba la palma de la mano, las líneas, que predecirían su futuro según quiromantes. Poco a poco empezaron a desdibujarse y despegarse de la mano. Las veía delinearse en el aire, formando estéticas curvas. “El contacto con el mundo onírico te hace ser más creativo y menos lógico. Aunque quizás no sean excluyentes.” Pensaba. [...]
Tres escritores se sentaron a hablar de qué tratarían sus obras. Eran narraciones cortas y las querían terminar esa misma tarde. Pidieron cafés, la tertulia iba a ser larga. Las ideas fluian. El tono ameno y las risas lo envolvian todo. Eran amigos pasando un rato agradable mientras se ayudaban.
Llegó la noche y las ideas [...]
Eranse todo motas negras. Una multitud. Menos una roja, que sentía que desentonaba.
